En este tiempo de incertidumbre que está produciendo el estallido de la pandemia del COVID-19, nos acercamos a vosotros a través de la web para haceros llegar nuestro recuerdo y aliento.

Desde hace más o menos días o semanas, en todos los países estamos siendo llamados a refugiarnos en nuestras casas y acatar las consignas de confinamiento que nuestros gobiernos nos van proponiendo, y que se van haciendo cada vez más estrictas con el fin de contener de alguna manera la propagación del virus.

Actualmente en Francia, donde nos encontramos, la restricción de salir a la calle es casi total y no sabemos todavía por cuanto tiempo. Sólo es posible hacerlo en caso de desplazamiento forzoso por trabajo, por razones de salud, para comprar lo más necesario y poco más. Todo ello llevando un justificante escrito para presentar a los agentes de la policía o del ejercito que velan por el cumplimiento de estas normas. Algo parecido sucede en España, en Argentina, Colombia, Perú, o Venezuela. Y Camerún, aunque el número de afectados parece ser pequeño por el momento, toma ya también medidas.

Se suceden las noticias sobre cierres de fronteras o sobre la estricta limitación del acceso a través de ellas. Esta es la razón por la cual la Hna. Maritza Ríos, que se encuentra en Tarapoto (Perú) acompañando a su madre enferma, y la Hna. Miler Díaz que se encuentra en Cali acompañando a la CCC, no podrán, por el momento regresar a sus comunidades de Yaundé y Tarapoto respectivamente. También puede ser imposible para la Hna. Judeisy Castro visitar en este momento a su familia en Venezuela y quizá haya que aplazar largamente su llegada a su nueva comunidad en España.

En residencias de mayores y en hospitales de Francia y España no es posible el acceso de ninguna persona del exterior (salvo el personal contratado habitual), ni siquiera la visita de familiares; y tampoco está permitida la salida de los residentes. Como bien sabéis, son varias las comunidades de religiosas Compasionistas que, en Francia y España, viven en estas residencias y se encuentran en esta situación.

Nos alegra saber que nuestras hermanas mayores o delicadas de salud, junto con las demás personas vulnerables, están siendo objeto de las medidas necesarias para protegerlas lo más posible de contagios que podrían resultar fatales en algunos casos. Pero, es inevitable para ellas y para nosotras no sentir este duelo por no poder mantener el contacto habitual además de otras carencias, que también se nos van imponiendo a todos, para colaborar, de todas las formas posibles, contra la propagación de la epidemia.

Por las noticias que tenemos, en la mayoría de los países donde están nuestras comunidades, y donde estáis vosotros, vivimos cosas más o menos similares: cierres de colegios, comedores, restricción de servicios sociales y pastorales, de celebraciones litúrgicas, de reuniones de todo tipo, entre otras muchas cosas.

No tenemos noticia, y esperamos que así siga siendo, de que ninguna de nuestras hermanas esté afectada por el virus. Y tampoco nos consta, hasta el momento, que le suceda a ninguno de vosotros o vuestras familias.

Pero sí nos conmociona a todos y nos afecta lo que supone el confinamiento y las consecuencias sociales y económicas, que podemos intuir y que ya se anuncian, de esta paralización de la vida cotidiana de nuestros entornos, pueblos y ciudades, que nunca creímos que podría verse amenazada de esta manera y a esta escala. Nos preocupa de manera particular cómo va a incidir todo esto en nuestros centros educativos y también en los lugares donde los servicios sanitarios, sociales y económicos son más escasos y tienen menos recursos. Nos duele, sin duda a todos y todas, el cierre forzoso de los servicios o proyectos que estaban destinados al apoyo de aquellos y aquellas que están más necesitados.

Desde muchos foros de la Iglesia se nos está invitando constantemente a todos a vivir con sentido profundo esta situación. Quisiéramos proponeros algunas pistas que nos han parecido iluminadoras y que nos han llegado a través de la Conferencia de Religiosos de Francia:

  • Vivamos el confinamiento y la cuarentena en nombre de la fraternidad que es cuidado del otro, y especialmente de los más frágiles. Pero que es también comunión en la fe y de corazón con aquellos hombres y mujeres que nuestras sociedades, y hasta nosotros mismos, ponemos “en cuarentena” permanente o estigmatizamos fácilmente.

Una fraternidad que nos pide además ser atentos y agradecidos con quienes se hacen cargo de la salud y el bienestar de todos nosotros, y hacer todo lo posible por no aumentar su carga con nuestro descuido o imprudencia.

  • Vivamos creativamente esa hospitalidad -que caracteriza a nuestras comunidades y familias que en esta situación es una virtud casi contradictoria con las consignas que tenemos que seguir- buscando nuevas formas de acompañar y “visitar” a nuestros mayores y enfermos; o rezando por el hospital o la residencia más cercanos, por sus pacientes, residentes, y sus profesionales…

Sin olvidar el reconocimiento y apoyo a la labor de todos aquellos poderes e instituciones públicos de todo nivel, que están a nuestro servicio y que se enfrentan hoy a algo inédito que altera por compl